Blog de brigadas
18 de mayo de 2026Mercahorro, Torreón

Recorrido en el Mercahorro de Torreón

Jaime recorre el Mercahorro de Torreón — entre pasillos, apretones de mano y miradas que primero miden y luego sueltan la sonrisa.

Recorrido en el Mercahorro de Torreón — foto 1
Recorrido en el Mercahorro de Torreón — foto 2
Recorrido en el Mercahorro de Torreón — foto 3
Recorrido en el Mercahorro de Torreón — foto 4
Recorrido en el Mercahorro de Torreón — foto 5

Ayer entré al Mercahorro como quien entra al desierto sin sombrero: de frente, sin miedo y sin hacerle al cuento. El calor estaba bravo, el polvo se metía hasta en los pensamientos, y aun así la gente andaba en lo suyo, luchando la vida como todos los días.

Apenas crucé la puerta, sentí esas miradas que primero te miden… y luego te sueltan la sonrisa. Así es La Laguna: dura por fuera, noble por dentro.

En el pasillo de los desechables, una señora con su niño me soltó la neta sin adornos: "Qué bueno que vino, joven. Aquí también batallamos." Y yo pensé: claro que sí, señora; aquí es donde se pelea la vida de verdad, sin cámaras y sin discursos.

Más adelante, el dueño del local de ropa —ese donde las cartulinas fosforescentes parecen gritos de guerra— me dio un apretón de mano que tronó como si dijera: "Nosotros no nos rajamos." Y yo sentí ese orgullo lagunero que no se compra ni se inventa: se trae en la sangre.

En la vitrina de cremas y jabones, una muchacha me pidió una foto. Pero no por moda. Me dijo: "Mi mamá lo quiere conocer porque usted sí camina donde caminamos nosotros." Y ahí, entre el olor a detergente y el ruido de las cajas, entendí que el Mercahorro no es un mercado: es un campo de resistencia.

Ahí la gente no se queja: aguanta. No llora: se ríe del problema. No se esconde: sale al sol aunque queme.

Y mientras avanzaba entre pasillos, sentí que no estaba visitando un lugar. Estaba caminando entre los míos. Entre los que madrugan, los que cargan, los que venden, los que no se rinden. Entre los que saben que en La Laguna la vida se gana a pulso, con manos curtidas y pasos firmes sobre un suelo que cruje pero no se quiebra.

Ayer, el Mercahorro no me recibió. Me reconoció.

Y en cada saludo, en cada mirada, en cada historia, sentí que el polvo lagunero no ensucia: forja.

Fraternamente, Jaime Cleofás Martínez Veloz

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